jueves, 7 de agosto de 2008

Y ahora escribo de ciclismo


Sí señor, de ciclismo. No entiendo un pomelo, pero escribo. Bah, la bicicletería Cavagliato quedaba cerca de mi casa, y Cycles Mundo también, pero eso no lo iba a poner en el curriculum. Me parece un deporte interesante porque tiene mucha estrategia. Acá en España le dan mucha bola, aunque mi amigo Caín dice que no existe y que son sólo un par de tipos depilados. Yo pensaba que en el ciclismo ganaba nomás el que pedaleaba más rápido, se salvaba del antidóping, y listo. Pero no es tan sencillo, el asunto tiene sus trucos. Para conocer un poco más, me colé un día con los periodistas deportivos del diario que cubren la Vuelta Ciclista a Burgos, una de las más importantes en España. Lo que escribí más abajo no lo publicamos en el diario impreso, sino en internet, porque a los de la sección de deportes este tipo de cosas les ofende un poco. Pero bueno, para poner quién ganó y todas esas cosas que repiten todos los años ya están ellos.


La ronda del bostezo
Para los periodistas, la Vuelta a Burgos puede ser de lo más aburrida. Todo el tiempo en un coche a 60 por hora y apenas si vemos a los ciclistas una vez. ¿Cómo es un día de la Vuelta para los cronistas?

Si bien las vueltas ciclistas suelen despertar mucho interés, para algunos periodistas no es de las actividades más estimulantes. Espabilados con el café de la mañana, mientras hojeamos el periódico, con el equipo de Diario de Burgos partimos a media mañana en fila de coches y motos hacia el lugar de salida. Luego, el trabajo puede resultar bastante tedioso y sin sorpresa alguna.

La cosa empieza al mediodía en el control de firmas, en Belorado. Está lleno de gente con credenciales que permitían ingresar al sector vallado. Los periodistas somos muchos, pero también hay invitados, organizadores, gente de los equipos, guardias civiles, autoridades, etc. La largada se demora, no sé por qué. En uno de los puestos habilitan un aperitivo y toda esta respetada gente se apelotona un poco a la desesperada para manotear algo, como pasa siempre que dan cualquier cosa gratis.

Sobre el mediodía, la etapa no comienza y en el llamado kilómetro cero no hay casi nadie, pero igual largamos en uno de los coches del periódico. Llevamos una radio para oír la señal de la organización, que indica lo que va pasando en la carrera y así nos enteramos que finalmente comenzó la etapa. Estamos varios minutos por delante de los ciclistas, a los que todavía no pude ver ni en lámina.

No soy amante de la velocidad ni de los coches, pero hace media hora que vamos a 60 por hora en una caravana de unos 20 vehículos y es un poco cansador, aunque ya me lo habían advertido. La radio, que yo suponía que iría relatando con vértigo los sucesos de la prueba, va muda. Peor, va haciendo ese ruido de radio que no engancha la señal. Uno de los becarios de redacción que va al lado mío se duerme un rato. Hasta que la radio habla y dice que seis ciclistas se despegan del pelotón.

Unos guardias civiles motorizados nos adelantan y hacen aspavientos para que apuremos el paso. Parece que los ciclistas vienen rápido. En los pueblos, mucha gente espera bajo un sol que parte la tierra para ver el paso de la carrera. Algunos nos aplauden cuando pasamos, como si fuésemos los protagonistas. Otros nos piden que les regalemos cosas a los niños. Y no tenemos nada que regalar, claro.

A la hora y pico, primer parada a un lado del camino para estirar las piernas. Aprovechamos para asaltar la nevera portátil y comer rápido los bocatas que llevamos. El sol está fuerte, pero de verdad. Una mujer con un perrito se acerca y dice que es familiar de uno de los corredores, pero no sabe ni cómo se llama. Igual quiere verlo pasar, y dice que ha traído a Plas, el can, porque también es su familia. Comienzan a pasarnos varios coches y motos. A los pocos segundos, cruzan como balas los seis ciclistas que se habían escapado. Yo no los pude ver porque estaba intentando hacerle una buena foto a Plas con el móvil, cosa que tampoco logré.

Enseguida arrancamos nuevamente, esta vez más rápido, y a los pocos minutos pasamos a los ciclistas que iban adelante. Primera vez que los veo. Luego sacamos a relucir el verdadero espíritu de compañerismo y mientras andamos le pasamos por la ventanilla, con suma habilidad, varios bocatas y refrescos a nuestros compañeros fotógrafos, que van en moto y han venido a reclamar lo suyo. Posiblemente hayan exigido lo mismo a los redactores del periódico que van en el otro coche.

La carrera sigue y, de ahí hasta el final, todo es igual. La radio va diciendo permanentemente, en español y en francés, el tiempo de ventaja que llevan los ciclistas de adelante con los del pelotón. Y alguna otra cosa más. Ana, la jefa de Deportes del periódico, va muy atenta y apunta todo. Yo voy calculando cuánto falta para que termine. El paisaje es muy bonito, y a 60 por hora se puede apreciar muy bien. A los ciclistas no los volvimos a ver.

Sobre las cuatro de la tarde llegamos a Miranda, que es, por suerte para los periodistas y los ciclistas, el final de la etapa. Los corredores que iban adelante no aguantan el ritmo y los de atrás les vienen soplando la nuca. Instalados en el sector de prensa, muchos periodistas vemos la carrera por televisión y es ahí realmente cuando puedo ver algo de acción y cómo los competidores se van dejando el pellejo. Hay mucha gente en la calle esperando ver la llegada, o quizás más al loro para pescar alguna gorra de las que regalan los patrocinadores. Porque, me parece, el ciclismo es muy interesante, pero como espectáculo para las masas es bastante pobre. Como mucho, van a ver a unos 100 tipos en bici que cruzan en 10 segundos. Luego entregan los premios y en un periquete se acaba todo. Un partido de fútbol, y da igual lo malos que sean los equipos, te asegura al menos 90 minutos fuera de tu casa.

Lo dicho: llegan los ciclistas, entregan los premios y todo el mundo a casa. 186 kilómetros en más de cuatro horas. Y todavía hay que regresar. A mí no me queda mucho que escribir. Para mis compañeros de Deportes, comienza la carrera que se corre todos los días en una Redacción. Estar cinco días con esta rutina ciclista no es lo más entretenido, pero ya estamos acostumbrados. Al final la vocación de informar siempre es mayor.









1 comentario:

  1. Por alusiones, ya sabe usted, Sr. Tato, que aquí en la Ciudad Bravía (como la llamaba el grupo burgalés "La Conjura de Los Necios") ya desterramos, años ha, a uno que tocó las bolas a un mandamás. Un tal Rodrigo al que sus coleguillas llamaban Cid... Si paga bien, yo me destierro con usted.

    Bonita fotico, la del perrico. Seguro que estaba pensando «Ama mía, ¿qué coño hacemos aquí?»

    ResponderEliminar